Gumersindo Ruiz
DIARIO DE SEVILLA
La retórica nunca se ha recuperado del ataque de Sócrates contra los sofistas, que decían mentiras con apariencia de verdades. En las elecciones, pensamos en ella como una forma de confundir a la gente con expresiones sin contenido, mensajes vacíos, repetidos para ganar el voto. Sin embargo, la retórica tiene justificación cuando no hay tiempo para desarrollar los argumentos, o los que los escuchan tampoco tienen mucho interés en explicaciones detalladas.
Entonces se busca una forma de expresión que más que convencer, seduzca. Hay también aspectos positivos en la retórica entendida como comunicación, no para ocultar la verdad bajo el ropaje de las palabras, sino para construir argumentos de manera cuidadosa y ordenada. Al fin y al cabo la expresión es lo más importante en la comunicación entre las personas. Pero la percepción de lo que dicen los políticos en estas elecciones no depende sólo de lo que digan, ni siquiera de cómo lo digan, sino de cómo cada uno de los que los escuchan reciban los mensajes. En la sociedad española y la andaluza, con sus peculiaridades, la forma en que se habla de los asuntos políticos cambia según las circunstancias de la economía y de la propia política, y está claro que no escuchamos ya los argumentos del gobierno de la misma manera que hace cuatro años.
Desde 2007 se ha vivido una situación de expansión económica, con gobiernos socialistas y conservadores; y una crisis en estos ocho años que ha dado lugar a medidas laborales y otras muy impopulares también por socialistas y conservadores; y por otra parte, hay ahora un viento de cola increíblemente favorable que nos viene de fuera, favoreciendo al gobierno, y al que venga (tipos de interés, precio del petróleo, tipo de cambio del euro, turismo).
Durante estos cuatro últimos años se ha destruido primero tanto empleo como se ha creado después; se ha liquidado el fondo de reserva de la seguridad social, pero se llega a las elecciones defendiendo la continuidad del sistema; se ha aumentado la deuda pública hasta suponer una cantidad igual al producto de la economía, pero se ha dado liquidez a las autonomías; suben y bajan los impuestos, en lo que es evidentemente una retórica para impulsar el consumo en los meses anteriores a las elecciones; se han ignorado las miserias de los que padecen la crisis, y no sabemos hasta qué punto han quedado tocadas las instituciones educativas públicas y la sanidad, pero se argumenta que el sistema sigue estando ahí. Hay que estar muy atentos y tomar nota de lo que no se habla en la campaña.
Hay temas que casi no se tocan, como es el de los niños y la pobreza; sin embargo, la reducción de impuestos y muchas de las promesas electorales dependerán luego de cómo vayan las cosas, como hemos visto una y otra vez en estos cuatro años. No se trata de creer o no creer, sino de que los que hacen las promesas no saben si podrán cumplirlas. Sin embargo, no puede engañarse siempre a la gente, pues como decía Victor Klemperer sobre la retórica: «Lo que una persona dice puede ser un conjunto de mentiras, pero su verdadera naturaleza queda al desnudo, para el que quiera verla, en el estilo de sus palabras».
