Antonio Argandoña
EXPANSIÓN
Hace unos días, varios colegas del Departamento de Economía del IESE estuvimos charlando acerca de qué medidas se tenían que llevar a cabo en el mercado de trabajo para solucionar algunos problemas que nos parecían graves. Pensando, en primer lugar, en España, pero también en otros países, tanto avanzados como emergentes, manifestamos nuestra preocupación por cuatro factores: 1) el desempleo; 2) la polarización del mercado de trabajo: parece que nos encaminamos hacia un mundo con trabajo suficiente y bien pagado para los empleos más cualificados, puestos suficientes y mal pagados para algunos empleos poco cualificados y… ¿qué haremos con los demás empleos, que pueden ser desarrollados por las máquinas o por trabajadores de países remotos?; 3) el lento crecimiento de los salarios reales en muchos países, y 4) las consecuencias de todo esto, tanto sobre las generaciones jóvenes como sobre los mayores, porque nuestras pensiones dependen de cuántos años hemos trabajado y de cuánto hemos ingresado en ese periodo.
¿Qué esperamos del mercado de trabajo?
Si el lector se hace esta pregunta desde el punto de vista del demandante de empleo, o sea, del que quiere trabajar, seguramente responderá: que me ofrezca oportunidades para encontrar empleos atractivos y bien pagados. Antes de llegar a las puertas del mercado de trabajo, nos hemos preparado en el sistema educativo; por tanto, lo que ocurra en nuestra vida laboral dependerá de la formación previa: no son dos ámbitos independientes.
En cuanto a las oportunidades, consideramos que el mercado de trabajo debe ser un gran escaparate en el que podamos encontrar aquello que nos resulta interesante, un empleo que nos permita ganarnos la vida, lo que significa un salario elevado o, al menos, suficiente, ya que nuestros planes vitales –formar una familia, comprar una casa, disfrutar de un cierto nivel de vida– dependen de eso: por tanto, otras muchas facetas de nuestras vidas cuelgan del mercado de trabajo. Nuestro futuro es una de ellas, porque nuestra pensión y nuestra seguridad en el futuro dependen de nuestros ingresos.
Sin embargo, la vida no es lineal. Surgirán nuevas oportunidades y retos, tendremos altibajos, despidos, promociones… No estamos hablando de una situación inamovible a lo largo de los años, por lo que, también pediremos al mercado de trabajo que nos permita adaptarnos, con flexibilidad y bajos costes de ajuste, a esos cambios de circunstancias. Esto se traduce en una demanda de seguridad, relativa, pero necesaria, porque nuestra capacidad de hacer frente a esos problemas es siempre limitada.
¿Qué espera la empresa o la institución que ofrece puestos de trabajo?
Pues espera encontrar los trabajadores adecuados, con las cualificaciones necesarias y en el lugar apropiado. Y esto también es muy variable, porque cambia la demanda de los productos y servicios, la tecnología, la financiación, la competencia… Y, por supuesto, ha de ser económicamente viable. A la hora de la verdad, la empresa va a comparar lo que le aporta el empleado (lo que depende de la productividad del trabajador y de la demanda de su producto) con lo que le cuesta (salario, seguridad social, costes de transacción, formación a lo largo de la vida profesional y otros muchos componentes).
¿Qué espera la sociedad del mercado de trabajo?
La sociedad espera tres cosas: la primera, que, tratándose de un factor de la producción, dicha producción sea eficiente. Esto lo solemos presentar en términos de aumento de la productividad, porque si la productividad no aumenta, los salarios no podrán crecer de manera sostenible y, por consiguiente, el nivel de vida de los ciudadanos no podrá mejorar. Volvamos al mercado, tal como lo hemos explicado antes: un mercado eficiente debe conseguir que cada persona sea más productiva. Y esta es una condición muy rigurosa, que no siempre consideramos, quizá porque pensamos en el mercado de trabajo como un juego de suma cero, en el que lo que gana el trabajador lo pierde la empresa. O sea, como un mecanismo de redistribución de la renta –y lo es, pero no solo es eso–.
Luego pediremos que la tasa de paro sea reducida, o sea, que todos los que buscan empleo estén en condiciones de conseguirlo, que los periodos de desempleo involuntario sean cortos y poco traumáticos, y que los nuevos empleos sean potencialmente duraderos. Y –la otra cara de la moneda– que todos los que han perdido su empleo se sientan motivados a volver a encontrar otro cuanto antes.
También pediremos una tasa de actividad elevada: la posibilidad de que todas las personas que deseen tener un puesto de trabajo lo consigan, adaptado a su formación, a sus preferencias personales (trabajo a tiempo parcial, por ejemplo) y a sus necesidades económicas.
Acabo con tres moralejas. Una: las soluciones de los problemas del mundo del trabajo deben tener en cuenta casi todas las facetas de la vida. Por tanto, tienen que ver con todas las instituciones y políticas; las soluciones parciales suelen estar viciadas. Dos: las reformas deben ser inteligentes, avanzar con el método ensayo-error, no dejarse llevar por la ideología o las posturas políticas y pedir, pedir mucho a los ciudadanos, además de darles algo. Y tres: los fracasos en el mercado de trabajo son fracasos de la política, pero también de la empresa, de la escuela, de la familia, de los sindicatos, de las instituciones… El que esté limpio de pecado, que tire la primera piedra.]]>