José Antonio Carrizosa
DIARIO DE SEVILLA
El nacionalismo es un movimiento de raíz y desarrollo profundamente reaccionarios. Intentar abordarlo desde cualquier otro enfoque lleva a deformar la cuestión. Es un movimiento conservador porque de lo que se trata es, precisamente, de profundizar las diferencias con los otros para preservar lo que se tiene. A partir de ahí se pueden formular discursos de todo tipo y en Andalucía, incluso como hizo el PA en su momento, pretendidamente de izquierdas. La realidad acaba imponiéndose. El nacionalismo en España ha arraigado en las dos únicas comunidades donde podía hacerlo: en las dos más ricas y a las que se le habían podido dar los medios para que en ellas se formara una potente burguesía organizada para proteger sus intereses y capaz de poner en valor una lengua y una cultura que constituyen señas de identidad incuestionables. Cataluña y el País Vasco están en esa dinámica desde el final del siglo XIX. En Andalucía era un empeño imposible porque no se daban ninguna de las condiciones para crear una fuerza de carácter nacional. Ni las económicas ni las culturales y lo más que pudimos hacer es formular, tras la larga noche de la dictadura que todo lo deformó, un movimiento reivindicativo en torno a la bandera verde y blanca que pretendía combatir nuestro subdesarrollo. A eso se le podía llamar nacionalismo, pero no lo era. Nacionalismo era lo que al mismo tiempo se configuraba en Cataluña sobre la base de un plan perfectamente diseñado y que hoy ha dado lugar a que no sepamos hasta cuándo se va a poder mantener una mínima cohesión nacional. En Cataluña, desde los albores de la Transición, hubo un acuerdo tácito para reivindicar el carácter de nación y, sobre todo, para imponer desde el arranque de la autonomía el arrinconamiento del castellano en las escuelas, la utilización del catalán como lengua de uso casi exclusivo y la creación de unos potentes medios públicos, en especial la televisión. El objetivo no se le ocultaba a nadie: idioma y adoctrinamiento permanente para crear el tejido social que instalara en las generaciones más jóvenes el principio maniqueo de todo nacionalismo: nosotros somos los buenos; ellos, en este caso los españoles, son los malos.
Ése ha sido el proceso -cierto que dibujado con trazos gruesos y sin matices- que nos ha llevado a donde estamos ahora: en Cataluña nos enfrentamos al posible triunfo en las urnas de una opción separatista y en Andalucía el único partido que defendía una opción nacionalista muere por falta de oxígeno. No le den muchas vueltas: en Cataluña siempre hubo nacionalistas; aquí, no.
