IGNACIO CAMACHO
ABC

Por mucho que en Ferraz rabien por lo bajinis, el adelanto electoral de Susana Díaz le conviene no sólo a ella sino al PSOE. Si los pronósticos de las encuestas se cumplen, el año de las cuatro elecciones se abrirá con una victoria socialista que devolverá al maltrecho partido una imagen de cierta fortaleza y, sobre todo, de receptor del voto útil de la izquierda. Por eso Sánchez piensa implicarse a fondo en la campaña, marcando de cerca a quien con toda claridad le mira ya como una leona a un ñu. Al secretario general no le gustan un pelo los movimientos de Díaz pero no le queda otra que jugar mientras pueda en el mismo equipo.

Con todo, la principal razón de la decisión susanista es otra; desde luego no la de la «inestabilidad» que invoca la presidenta porque IU está bien dispuesta a seguir comiendo de su mano. Se trata de algo mucho más sencillo: aunque aún bisoña en el manejo de los tiempos, sabe que será peor cuanto más tarde. Mientras más demore más peligro corre de que la mejoría económica acabe impulsando al PP y de que Podemos asiente una estructura en el territorio donde por ahora es más débil. Y está el factor personal de su embarazo, que condiciona su agenda y que aún podrá manejar razonablemente de aquí a marzo. Más que eso; si ya de por sí resulta imbatible en empatía política, la gestación le otorga una ventaja emocional que sabrá explotar con su demostrado instinto para las distancias cortas.

Otrosí, Díaz quiere distanciar su calendario del de Pedro Sánchez. Los puntos que saque de ventaja serán el listón comparativo para el secretario general en las municipales de mayo. Susana no piensa en principio presentarse a las primarias, que como buena pata negra del partido detesta, pero si ella gana bien y Sánchez tropieza estará en condiciones de forzar llegado el caso un Comité Federal que las anule y la proclame candidata. Esto es lo que la dirección federal recela de la maniobra andaluza. El débil aparato

sanchista entiende que, con el apoyo de los barones y de una palpable falta de arraigo afectivo, le están forjando una referencia alternativa, un liderazgo de recambio.

Claro que la operación tiene riesgos; los propios de cualquier diseño demasiado claro. El principal es la incógnita de Podemos, que sin organización tiene unas expectativas de voto altas y que Díaz va a ser la primera en testear. Pero además, el PSOE andaluz tiene en su fortaleza su propia debilidad: el desgaste de su larga hegemonía es fuerte y si bien ha superado el match ball de 2012 se expone a una sorpresa de castigo. Treinta y dos años de gobierno y sus secuelas de corrupción lo convierten en epítome de «la casta»; veremos si puede compensar con clientelismo esa etiqueta.

Éste es el panorama. Si alguien se pregunta qué gana en ello Andalucía es un ingenuo: esa clase de cuestiones nunca está sobre las mesas de planificación de estrategia.

IGNACIO CAMACHO
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