SANTIAGO ÁLVAREZ DE MON

Escribo en plena festividad de Reyes. Día de magia e ilusión, los niños son protagonistas. Temprano, mientras espero que se levanten ansiosos de abrir sus regalos, me acompaño de Rabindranaz Tagore. “Por todas partes este espíritu del paraíso está despierto y saca su voz de la tierra. Somos sordos a su llamada, la olvidamos; pero la voz de la eternidad se derrama como de un órgano potente y llega a lo más hondo de nuestro ser con su música.” Fundador de una escuela de niños en Bolpur, se dirige en Tokio a unos pequeños estudiantes. “Soy uno de esos niños que nunca se hacen viejos, y me atrevería a pediros que me acogiérais como a uno de vosotros.”

Me llama la atención la facilidad que tienen la infancia y la vejez para charlar animadamente. Generaciones distantes se encuentran en un diálogo cómplice y fresco, inalcanzable para los adultos más torpes o impacientes. Los críos están al comienzo de su viaje, por delante la aventura y el misterio de la vida por desvelar. Los ancianos empinan las últimas cuestas arropados por recuerdos y memorias imborrables. Unos y otros destilan autenticidad, naturalidad y desparpajo; dejan convencionalismos y frases estereotipadas para la “lógica” de las generaciones intermedias. Tagore sabe muy bien de qué va el asunto. “Para ser maestro de niños es completamente necesario ser como un niño, olvidar lo que sabemos y que hemos llegado al término de los acontecimientos. Si se quiere ser un verdadero guía de niños… hay que ser un hermano mayor, dispuesto a caminar con los niños por la misma senda del saber elevado y de la aspiración. Y el único consejo que puedo daros en esta ocasión, si habéis de dedicaros a enseñar a los hijos del hombre es éste: que cultivéis el alma del niño eterno”. Profesor de adultos, me admira la entrega de aquellos colegas docentes que consagrados a la monumental empresa de enseñar a los niños, lo hacen con energía y ánimo. Alguien dijo que la mejor manera de aprender es enseñar. Solo sabiéndose humildemente alumno puede el profesor despertar la curiosidad, el interés y el pensamiento crítico de sus alumnos. Equipado de saber y conocimientos, la pregunta y la escucha son sus armas decisivas. Desde la empatía entra en el universo de los niños, se siente uno de ellos, habla en su mismo canal, y a partir de ahí el aprendizaje alza el vuelo. La simplicidad y sencillez de una lección magistral capta la atención de los alumnos, despertando su imaginación y hambre de aprender. Transferido un saber acumulado durante siglos, desarrolladas unas habilidades, la guinda del pastel educativo estriba en rescatar la esencia del alumno, su dimensión artística y espiritual, a menudo aplastada por miedos, inhibiciones, dudas y prejuicios.

Verdades intocables para el maravilloso oficio de maestro, se muestran cruciales en otros ámbitos de la vida. Por ejemplo, una parte sustancial de la Bussiness Education gira en torno a conceptos como innovación y creatividad. Se planifican estrategias, se rediseñan organigramas, se crean departamentos exclusivamente dedicados a fines tan sublimes, se proponen sistemas de retribución que incentiven la heterodoxia, la novedad y el pensamiento rupturista. Sin embargo, los debates empresariales adolecen de falta de fantasía y sorpresa. Entre adultos retranqueados en su estatus, imagen y posición de poder, el brain storming se queda en la superficie de un proceso que nace a la defensiva. Necesitamos niños grandes como Tagore, geniales, optimistas y tenaces, que no se comparan con los demás, que no compiten con compañeros de equipo, que no se obsesionan por la siguiente promoción. Necesitamos adultos que viajen hacia atrás o hacia adelante por el túnel del tiempo, descubriendo en esa marcha bidireccional su gen más infantil y fantástico. Estimulado correctamente, él abriga las mejores ocurrencias e intuiciones. Basta protegerlo con un clima sano de confianza, exigencia y diversión, y las propuestas surgen, los proyectos cuajan y los resultados se alcanzan.

Cuando hace tres años entrevisté en Tel Aviv a la Nobel de química de 2009, Ada Yonah, del Instituto Weitzmann, (tenía entonces 69 años), me impresionó su alegría y sentido del humor. Interrogada por cómo se sintió en Oslo durante la ceremonia de los premios, me contestó sonriendo: “como Alicia en el país de las maravillas. Me sentí como una niña, lo que soy”. Alma gemela de Tagore, ambos saben que el secreto de la innovación es un estado mental, una actitud, un espíritu soñador, libre y comprometido.

SANTIAGO ÁLVAREZ DE MON
EXPANSIÓN