SANTIAGO ÁLVAREZ DE MON
La generación y distribución de riqueza es una de las cuestiones que la economía intenta resolver. Ambos conceptos se interpelan mutuamente. Sin crear riqueza no cabe hablar de su distribución; la forma en que se reparte influye en la energía para generarla. Materia sensible, cobra especial relevancia en tiempos de paro y tensiones laborales donde muchas personas sufren para llegar a fin de mes. En esta crítica coyuntura, debemos repensar la empresa moderna. Probablemente la institución donde más horas pasamos de nuestra vigilia mental, necesitamos que no mire con desconfianza al ser humano, que no lo vea como mero factor de producción, como un coste, sino como protagonista comprometido.
La empresa en la que creo es personalista –la persona es causa primera de lo que acontece en ella– y participativa –solo merced a la implicación activa de sus profesionales puede surgir, crecer y consolidarse–. En la década de los noventa el norteamericano Tom Peters, escribió En busca de la excelencia. “La participación general de los profesionales ha de ser una prioridad nacional si queremos aumentar el bienestar económico de nuestra nación”. Palabra equívoca, distinguiría dos tipos de participación, en la gestión de la empresa y en los resultados económicos, sin olvidarme de una versión más ambiciosa que aspira a la condición de socio. La primera tiene que ver con la intervención en la toma de decisiones en función de la temática abordada, formación y responsabilidad asumida. La segunda hace partícipe a los profesionales de los rendimientos obtenidos. Una y otra se estimulan. Congregar el talento y esfuerzo de la gente para hacer un pastel más grande y rico, sin invitarles a un trozo del mismo, no parece lógico ni justo. Por otro lado, participar de una porción de una tarta sobre la que en nada puedo influir puede ser frustrante. ¿Qué parte de la retribución total es fija –dependiendo de la posición, cualificación requerida, mercado…– y cual es variable? ¿Indicadores de control en base a los cuales uno se hace acreedor al variable? ¿Objetivos individuales, de grupo, resultados globales de la compañía? No pretendo limitar la cuestión social de la empresa a una visión economicista de su existencia. El problema solicita un enfoque multidisciplinar donde la economía debería dialogar con otras ciencias. Mi única reserva es cuando nos metemos en profundidades psicológicas o filosóficas sin haber resuelto los aspectos materiales del problema. No se puede hablar de salario emocional desde la miseria. No cabe apelar a motivaciones intrínsecas si prevalece la injusticia. No estoy por un igualitarismo estándar y alienante, a cada uno según su contribución, pero sorprenden abanicos salariales que ahondan en diferencias abismales e injustificadas.
Por todas estas consideraciones celebro la noticia que leí en EXPANSIÓN el 13 de este mes. Mercadona repartió el año pasado 257 millones de euros entre su plantilla. De media correspondieron 3.472 euros a cada empleado. La decisión de repartir el 25% del beneficio total de cada ejercicio con los trabajadores de todos los rangos del escalafón data del año 2000. El total repartido desde entonces asciende a la suma de 1.973 millones de euros, un 38% de sus ganancias. Una parte son objetivos individuales y otra se vincula a los objetivos estratégicos de la empresa. Además, con objeto de fortalecer la vinculación de sus empleados, todo el personal tiene contrato indefinido a los pocos meses de su incorporación. No es de extrañar que el porcentaje de rotación de la plantilla sea uno de los más bajos del sector (3,2%). Recuerdo los dos años que trabajé en Continente (1986-1988), hoy Carrefour. Empresa magníficamente gestionada, pensar que un modesto reponedor, que el jefe de droguería, que una cajera, que el charcutero, participaran de los beneficios de la empresa, me suena a quimera inalcanzable. Que todos los profesionales, incluidos los más modestos de la tienda, tuvieran contratos indefinidos, utopía impensable.
Tiempos nuevos, respuestas creativas y justas. En Mercadona no es noticia que su presidente, Juan Roig, sea millonario, sino que sus colaboradores sientan el triunfo de la empresa como propio, jurídica, económica y emocionalmente. Buen antídoto contra una interpretación codiciosa del capitalismo, o contra una visión políticamente ideologizada y extremista. Jaques Maritain estudió seriamente este asunto: “Los regímenes que combaten a la vez la libertad y la propiedad personal, ya sea porque propugnan la abolición de la propiedad privada, o bien porque pretenden restringirla hasta el punto de que no alcance a sostener la libertad, atestiguan a su modo la existencia de una conexión necesaria entre esos dos términos”. Libertad y propiedad, binomio inseparable de las sociedades avanzadas, fundamento de las clases medias, ideal inaplazable de un ejemplar liderazgo empresarial.
