IGNACIO CAMACHO
ABC

Un redoble de tambores electorales ha empezado a sonar en Cataluña… y en Andalucía. Artur Mas, el hombre menguante (Santi González dixit) que pierde diputados en cada cita electoral, ultima su decisión tras el impasse del 9-N, hurgando en las encuestas la posibilidad de que la aparición de Podemos rompa la prevista mayoría del bloque de secesión. Ha logrado, o lo parece, doblegar la resistencia de ERC a secundar su candidatura personal y personalista, pero ahora se enfrenta a la posibilidad de un gatillazo. Aguantar la legislatura se le va a hacer muy largo después de la tensión que él mismo ha creado. Las elecciones anticipadas siempre serán una fuga hacia adelante, pero le quedan pocos caminos de vuelta. La sorpresa puede estar en el recuento si el soberanismo se queda corto; de repente ha aparecido en la mesa un jugador inesperado con el que hay que repartir las cartas.

Pero en el tablero nacional se puede abrir una nueva partida. A Susana Díaz se le hace insostenible la coalición con una Izquierda Unida que ha recibido de lleno el desestabilizador impacto podemista. El nuevo líder Alberto Garzón está tensando la cuerda del pacto. La idea de someter a referéndum de sus militantes la permanencia en el Gobierno de la Junta es una humillación que Díaz no puede soslayar sin desdoro; tiene un pecado original —no ha pasado por las urnas— y ahora puede bautizarse en ellas para lavarlo. Tal vez la presidenta andaluza haya reencontrado la oportunidad que desperdició hace un año. Adelantar las elecciones, haciéndolas coincidir con las municipales de mayo, le dejaría las manos libres para un eventual asalto al liderazgo del PSOE; si las gana, claro. Que parece que sí; Andalucía es el territorio más débil de Podemos y el feudo más consistente de la socialdemocracia. En público el susanismo defiende la estabilidad institucional pero de puertas adentro está armando una estrategia. En IU hay dudas porque se juegan más de doscientos cargos públicos; su debate es el del viejo PCE posibilista contra la línea de un Garzón emparedado entre su voluntad de acercarse a Podemos y el arrogante desdén de Pablo Iglesias.

El nuevo partido populista está en todas las combinaciones; su aparición ha trastocado el statuquo político y nadie sabe aún con qué consecuencias. El resto camina a tientas. A Podemos no le conviene destaparse pronto. Sus líderes secundarios carecen de la homogeneidad y la intuición del quinteto que forma el núcleo duro, y además no le interesa disparar la bala del descontento en una catarsis prematura. Pero les guste o no, son el factor clave. Cataluña y quizás Andalucía les van a poner a prueba, aunque no sólo a ellos. Todo el equilibrio de fuerzas del nuevo mapa electoral español puede empezar a diseñarse en los dos territorios que configuraron el de la Transición. Treinta y cinco años después, en los mismos sitios, a distinta hora.

IGNACIO CAMACHO
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