Alfredo Jiménez Núñez
ABC
Estamos en un año estelar: una conjunción extraordinaria que puede alumbrar alguna luz o golpearnos con la fuerza de un meteorito. En este año 2015, el calendario político coloca a Andalucía en situación de privilegio y, también, ante grandes y graves responsabilidades. Andalucía será la primera comunidad que votará en un año de elecciones, y España nos mira con expectación porque seremos signo de nuevos tiempos. Se renovarán los ayuntamientos y los gobiernos autonómicos, votará de nuevo Cataluña, terminará una legislatura, se enterrará, languidecerá o renacerá el «bipartidismo», comprobaremos si realmente «podemos» o no «podemos». Se dice que Andalucía servirá de laboratorio, de test, de vacuna… En esta procesión laica de elecciones, Andalucía llevará la cruz de guía, será «la primera en la Campana», la primera en dar el campanazo de salida hacia no sabemos dónde. ¡Casi nada!
Solamente los andaluces que voten tendrán luego legitimidad moral para criticar o quejarse. El tiempo disponible es muy corto. Ha sido recortado. No es ocasión para solucionar problemas (algunos centenarios), sino para establecer de una vez adónde queremos ir y por qué caminos, pues hay más de uno. No pidamos a nuestros políticos regalos de reyes magos, no esperemos de los partidos milagros ni soluciones inmediatas. No es posible, aunque hubiera voluntad. No nos dejemos engatusar por promesas y soluciones mágicas propias de mítines y tertulias sectarias. Que cada partido se dirija a sus militantes y simpatizantes al son de sus ideologías y programas. Están en su derecho y en sus genes. Pero yo no estoy pensando en unos cientos de miles o unos cuantos millones de andaluces, sino en la gran mayoría absoluta comprometida en primer lugar con ANDALUCÍA desde cualquier partido.
¿Qué desean estos ocho millones de andaluces? ¿Qué pueden gritarles a sus respectivos líderes y a los demás partidos en la primera elección del año? Una frase muy corta: «¿Qué hay de lo nuestro?». Y si nos preguntan en medio de la campaña qué es «lo nuestro», hagamos pedagogía empezando por distinguir entre dos patrimonios andaluces: uno eterno y gratuito, otro negativo y culposo. Dejemos que los políticos (que ejercen y cobran) se tiren una campaña más los trastos a la cabeza, se acusen de corruptos, hurguen en las heridas que ellos mismos han abierto en la sociedad y en el sistema. De algo tienen que hablar en mítines y tertulias. Nosotros (la mayoría no silenciosa sino «ociosa» por falta de trabajo y mansurrona por tradición) les recitaremos de carretilla la lista de los regalos que hemos recibido de la naturaleza, como hacíamos con los reyes godos: la región más grande y más poblada de España; mayor que Austria, más del doble que Holanda, Suiza o Bélgica; con más habitantes que Irlanda, Noruega o Dinamarca; atravesada por el único río navegable y con mil kilómetros de costa a dos mares; estaciones de esquí y cultivos tropicales en un palmo; minería y agricultura competitiva; mayor productor de aceite de oliva, excelentes vinos… Y un pasado milenario, un espacio de encuentro y crisol de culturas; adelantada de España y Europa en la aventura americana (Archivo General de Indias); rica en monumentos, tradiciones y fiestas universales; paraíso del turista.
A continuación, recitaremos en voz alta a nuestros políticos la lista del otro «patrimonio» andaluz: la región con más paro total y juvenil de España y Europa; la primera en fracaso escolar; una sanidad con graves deficiencias hospitalarias; paraíso del corruptor y del corrompido; inferior renta per cápita; caciquismo actualizado; revolución industrial y agraria pendiente… Este «patrimonio» negativo («pandemónium» y «pandemia», véase el diccionario) también es parte de «lo nuestro»; algo tan viejo y tan «andaluz» que exige a nuestros políticos explicar cómo ha sido posible mantener en casi cuarenta años de democracia tanta miseria a pesar de tantos dones de la naturaleza y tantos logros culturales.
De momento, hay que tener las ideas claras. ¿Estamos ante el fin del bipartidismo: dos grandes partidos, A y B? O, por el contrario, ¿van a proliferar los bipartidismos según provincias, capitales, ciudades y pueblos? Sin mayorías absolutas, ¿se impondrán las coaliciones, los «acuerdos» puntuales, los compromisos entre «cuerdos», las novedades, los frentes? ¿Será A más B? ¿Será Ao B más c,d, e? Ante tanta incertidumbre, lo más sensato e imperioso es interpelar a los partidos para que se comprometan a luchar desde el primer día por recortar (sí, recortar poco a poco pero sin descanso) esa lista negra encabezada por un interrogante compartido por todo andaluz bien nacido: «Señorías actuales y futuras, ¿qué hay de lo nuestro?». No nos vengan con promesas imposibles sino con propósitos de enmienda. ¿A qué se comprometen desde la noche de la victoria (la victoria de quién)? ¿Ofrecen sus señorías fórmulas razonables, propuestas y presupuestos creíbles? ¿Poseen estructuras y capital humano suficientes para navegar por aguas procelosas, no solamente procesales y penales, como hasta ahora? ¿Están dispuestos a enterrar el facilón y tramposo «Y tú, más»? ¿Están abiertos a la generosidad, incluso a ciertos sacrificios, en beneficio de Andalucía? ¿Tratarán de «pactar» cívicamente o de «pastar» una vez más en el suculento prado andaluz?
La coyuntura es fascinante y de vértigo. Estamos expuestos, amenazados, por posibles bisagras, llaves, cerrojos, candados, cuchillos afilados, cucharas y tenedores para picar algo, así como por otras ferreterías o fechorías. La noche del veintidós de marzo puede ser noche de extraños compañeros de cama: cama de matrimonio o de pareja, cama para tres, cama redonda para más de tres… Y ojo al refrán: «Quien con niño o niña se acuesta…». Aunque también viene al caso otro dicho proverbial: «Juventud, divino tesoro». En nuestras papeletas estarán las respuestas. Más que nunca, hay que votar. Votar aunque sea con «el corazón partío».
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