Juan Manuel Marqués Perales
DIARIO DE SEVILLA
Andalucía es una comunidad de incierta definición. El parlamentario José Luis Serrano, de Podemos, le otorgó la semana pasada el título de primera nación europea a cuentas de los tartesios y de Al Ándalus, aunque otros sabios como Castilla del Pino proclamaba que Andalucía no existía, sino Cádiz, Sevilla y Granada, y Almería… En el centro de estas dos posiciones, hay una comunidad que se siente como tal desde finales del siglo XX y que convive, pero como otras, con sus tensiones domésticas.
La rivalidad entre Málaga y Sevilla no es más grave que la de Bilbao y San Sebastián, Vigo y Santiago o Badajoz y Cáceres. Nuestra única tensión con fondo es la de la Andalucía del valle del Guadalquivir, llana, históricamente muy poblada, latifundista, bética y atlántica, con la Andalucía oriental, montañosa, nazarí y levantina. Pero eso es cosa de la historia que los años van superando; por fortuna, no somos Navarra, donde su actual Gobierno trata de dividir su mapa entre comunidades euskaldunas y castellano hablantes.
El eje que los alcaldes de Sevilla y de Málaga tratan de construir es para aplaudir, siempre que no traten de convencernos de que están pacificando a las tribus carpeto vetonas, construyendo los estados unidos andaluces o diseñando el Silicon Valley de Antequera en torno a sus universidades. Para esto último, mejor comunicarse por web que por autovías. Vamos, que Espadas no es Albert Schuman ni Francisco de la Torre, Jean Monnet, aunque ya hubiera valido que esta reivindicación sinérgica hubiese triunfado cuando Sevilla no quiso que Unicaja liderase la gran caja andaluza, los nazaríes huyeron hacia el este, los cordobeses, al norte y, en definitiva, demostramos ser los menos nacionalistas del país. Juan Espadas ha interiorizado tanto este eje que está preocupado porque la estación del AVE de Málaga no está conectada con el aeropuerto, que es justamente lo que le ocurre a Santa Justa, que no hay modo de llegar en tren desde Sevilla a San Pablo. Ni por Cercanías. Hay que esperar que, de modo inmediato, Francisco de la Torre exija al Gobierno central que construya un apeadero en el aeropuerto sevillano y que, además, levante el peaje de la autopista de Cádiz para conectar la playa sevillana de Chipiona con las de Málaga.
La inclusión de la alcaldesa de Córdoba, Isabel Ambrosio, obedece a la necesidad de agregar a una tercera ciudad a esta confederación helénica que, como gesto, es elogiable, aunque su solemne impostación la precipita al sonrojo; eso sí, filantrópico.
