Editorial
DIARIO DE SEVILLA
El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) hecho público esta semana consolida y clarifica una interesante tendencia que ya se había detectado en los últimos sondeos: los dos partidos que tradicionalmente han sustentado con su alternancia el sistema democrático durante las últimas cuatro décadas, Partido Popular y PSOE, vuelven a recuperar su papel preponderante en la política española, mientras que las llamadas fuerzas emergentes, Podemos y Ciudadanos, parecen haber consumido su periodo de gracia y empiezan a acusar el natural desgaste que implica pasar de las musas al teatro; es decir, de las declaraciones bienintencionadas y de los grandes principios que nadie podría discutir a la exposición al día a día de la agria política española.
El barómetro del CIS es especialmente interesante porque nos muestra la percepción que tiene la opinión pública de sus representantes políticos tras las elecciones andaluzas de marzo, las autonómicas y municipales de mayo y los pactos y alianzas que siguieron a cada una de ellas. Podemos y Ciudadanos han perdido la virginidad política con la que llegaron a esos comicios y hoy son unos actores más de la escena política con sus partidarios, pero también con sus detractores; con sus aciertos, pero también con sus sonoras meteduras de pata, de las que los ciudadanos de Madrid, Barcelona o Cádiz ya conocen en primera persona. Cierto que el CIS dibuja de cara a las elecciones generales que se celebrarán antes de final de año un panorama que nada tiene que ver con el que existía cuando en 2011 Mariano Rajoy logró su apabullante mayoría absoluta.
La política en España ha dejado, definitivamente, de ser cosa de dos y a partir de ahora hay que contar con cuatro fuerzas buscando acuerdos. La crisis económica de los últimos años, como no podía ser de otra forma, ha cambiado muchas cosas en el país y ha propiciado la aparición de un amplio sector social que rechaza cómo han actuado las fuerzas que han ocupado el poder cuando esa crisis se originó y alcanzó sus mayores cotas de dramatismo. Nada volverá a ser como antes, pero es oportuno subrayar que, de alguna forma, las aguas vuelven a su cauce y que los que auguraban el fin del sistema inaugurado con la Constitución de 1978 parece que habían desenfocado la realidad sociológica de España. El cambio fundamental que se va a producir en la política española, y no es menor, es que las mayorías absolutas quedan, por ahora, para la historia y que la capacidad de pacto va a ser uno de los atributos imprescindibles para los que aspiren al gobierno de la nación. O dicho con otras palabras: la centralidad política, entendida como el alejamiento de los maximalismos, va a definir las opciones de tocar poder.
