MANUEL CONTRERAS

El sistema educativo finlandés, el más respetado e imitado del mundo, ha decidido erradicar la escritura a mano de sus planes de enseñanza a partir del curso 2016/17. Los niños finlandeses, líderes mundiales en todos los ránkings educativos, no aprenderán a escribir emborronando cuartillas, sino con procedimientos mecanográficos en un teclado. La conclusión de los docentes finlandeses es que los niños actuales no necesitan la caligrafía simplemente porque no la van a utilizar: en un futuro inmediato sólo nos comunicaremos mediante dispositivos electrónicos.

El aprendizaje de la escritura es el primer recuerdo de orgullo que guardo. Acaso compartido con la primera vez que me limpié el culo yo solo, pero aquel triunfo aparece mitigado en mi memoria, quizás porque mi conciencia infantil ya consideró aquel avance como una mera cuestión mecánica; quizás porque mi estado higiénico tras la batalla debía ser precario, porque mi madre no consideró tan exitosa la operación. Pero lo de aprender a escribir fue diferente, como cruzar el umbral a otro universo. Recuerdo haber cogido con cuatro años este mismo ABC que ahora profano con contumacia y reproducir, bajo las mismas tres letras de la cabecera, la palabra «Sevilla» y la fecha del día. Y enseñárselo a mis padres pletórico, henchido en la victoria, feliz por acceder a una habilidad que intuía importante, aunque aún no podía imaginar cuánto.

Después, bastantes años después, vinieron las cartas. Cartas de amigos que hacían reír, cartas de amor que hacían suspirar. Escribir —a mano— no es sólo redactar un mensaje, es proyectarse en un papel. Un selfie emocional, si prefieren la terminología actual. En la forma de la escritura reconocía a mis interlocutores: el trazo nervioso de aquel, la letra confiada de aquella, la bondad entrañable de uno, el pulso firme de otro. Las palabras no sólo tenían un significado, también una añoranza, una ligazón sentimental en la que la distancia desaparecía. Cada carta era un puente de papel que manipulaban ambas manos y por el que cruzaban las emociones.

Ya no hay cartas, ahora hay wasaps. Son más rápidos y eficaces, la verdad, porque admiten destinatarios compartidos. Además con frecuencia traen unos memes muy divertidos. Son las cosas de la globalización: antes se te ocurría algo original y se lo enviabas en un sobre a un amigo; ahora lo tecleas y en cuestión de segundos se distribuye a miles de personas, como un virus fuera de control. Pero tiene sus problemas, porque en ocasiones alguien te manda un mensaje y no sabes si lo ha redactado él o si viene rebotado de otro tipo. Sin embargo, si leo un manuscrito de mi amigo sé que es suyo, porque reconozco su letra. En la caligrafía está él; en el teclado del móvil, no. Por eso no se debe dejar de aprender a escribir, porque es como renunciar al alma. Aunque lo hagan los finlandeses, que son unos fieras. Pero yo no quiero ser finlandés: allí hace mucho frío.

MANUEL CONTRERAS
ABC